Butler, Judith. Cuerpos que importan

Butler, J. (2002) Cuerpos que importan: Sobre los límites materiales y discursivos del «sexo». Buenos Aires: Paidós.

Cuando en el lenguaje Iacaniano se dice que alguien asume un «sexo», la gramática de la frase crea la expectación de que hay «alguien» que, al despertarse, indaga y delibera sobre qué «sexo» asumirá ese día, una gramática en la cual la «asunción» se asimila pronto a la noción de una elección en alto grado reflexiva. (pag 33)

De modo que la perfomatividad no es pues un «acto» singular, porque siempre es la reiteración de una norma o un conjunto de normas y, en la medida en que adquiera la condición de acto en el presente, oculta o disimula las convenciones de las que es una repetición. Además, este acto no es primariamente teatral; en realidad, su aparente teatralidad se produce en la medida en que permanezca disimulada su historicidad (e, inversamente, su teatralidad adquiere cierto carácter inevitable por la imposibilidad de revelar plenamente su historicidad). En el marco de la teoría del acto de habla, se considera performativa a aquella práctica discursiva que realiza o produce lo que nombra.» De acuerdo con la versión bíblica de lo performativo, es decir, «¡Hágase la luz!», parecería que un fenómeno que se nombra cobra vida en virtud del poder de un sujeto o de su voluntad.(pag 34)

¿En qué medida obtiene el discurso la autoridad necesaria para hacer realidad lo que nombra mediante una cita de las convenciones de autoridad? Y un determinado sujeto, ¿se considera el autor de sus efectos discursivos, en tanto la práctica de apelar a las citas, mediante la cual se lo condiciona y moviliza, permanezca sin marcas? (pag 35)

¿Cómo puede uno reflexionar, entonces, a través de la materia de los cuerpos, entendida como una especie de materialización gobernada por normas reguladoras, para poder averiguar cómo actúa la hegemonía heterosexual en la formación de aquello que determina que un cuerpo sea viable? ¿Cómo produce esa materialización de la norma en la formación corporal una esfera de cuerpos abyectos, un campo de deformación que, al no alcanzar la condición
de plenamente humano, refuerza aquellas normas reguladoras? ¿Qué oposición podría ofrecer el ámbito de los excluidos y abyectos a la hegemonía simbólica que obligara a rearticular radicalmente aquello que determina qué cuerpos importan, qué estilos de vida se consideran «vida», qué vidas vale la pena proteger, qué vidas vale la pena salvar, qué vidas merecen que se llore su pérdida? (pag 39)

Si la performatividad se construye como ese poder que tiene el discurso para producir efectos a través de la reiteración, ¿cómo hemos de entender los límites de tal producción, las condiciones restrictivas en las que se da tal producción? Estos límites sociales y políticos, ¿se aplican a la posibilidad de dar nueva significación al género y a la raza o son los límites mismos los que están, estrictamente hablando, fuera de lo social? ¿Debemos entender este «exterior» como aquello que se resiste pennanentemente a la elaboración discursiva o estamos ante una frontera variable que se fija y se vuelve a fijar mediante inversiones políticas? (pag 45)

En el capítulo final, sugiero, pues, que las prácticas conflictivas de la queerness podrían entenderse, no sólo como un ejemplo de política citacional, sino como una reelaboración específica que transforme la abyección en acción política y que podría explicar por qué la «apelación a las citas» tiene un porvenir en la política contemporánea. La afirmación pública de lo queerness representa la performatividad como apelación a las citas con el propósito de dar nueva significación a la abyección de la homosexualidad, para transformarla en desafío y legitimidad. (pag 47)

Sugiero que esta estrategia es esencial para crear el tipo de comunidad en la que no sea tan difícil sobrevivir con sida, en la que las vidas queer lleguen a ser legibles, valoradas, merecedoras de apoyo, en la cual la pasión, las heridas, la pena, la aspiración sean reconocidas sin que se fijen los términos de ese reconocimiento en algún otro orden conceptual de falta de vida y de rígida exclusión. Si hay una dimensión «normativa» en este libro, consiste precisamente en asignarle una re significación radical a la esfera simbólica, en desviar la cadena «de citas» hacia un futuro que tenga más posibilidades de expandir la significación misma de lo que en el mundo se considera un cuerpo valuado y valorable. (pag 47)

Considérese, si se quiere, la siguiente escena de Passing’ de Nella Larsen, en la que Irene baja las escaleras de su casa y se encuentra con Clare, que está de pie, exhibiendo su figura deseable, en la sala. En el momento mísmo en que Irene se acerca a Clare, Brian, el marido de Irene, parece descubrir también a Clare. Así Irene encuentra a Clare, la encuentra hermosa, pero al mismo tiempo advierte que también su Brian la encuentra hermosa.
Esta admiración doble resultará importante. La voz narrativa concuerda con Irene, pero excede su perspectiva en aquellas ocasiones en las que a Irene le es im posible hablar:
Recordó su propia exclamación sofocada de admiración, cuando, tras bajar las escalares algunos minutos después de lo previsto, había irrumpido en la sala donde Brian la esperaba y se había encontrado con que también Clare estaba allí. Clare, exquisita, dorada, fragante, arrogante, ataviada con un majestuoso vestido de brillante tafeta negra cuya larga falda caía en gráciles pliegues sobre sus delgados pies de oro’ el resplandeciente cabello echado suavemente hacia atras estaba sujeto en la nuca formando un pequeño rodete; sus ojos refulgían como
topacios.
La exclamación de admiración de Irene nunca llega a expresarse, aparentemente ahogada, retenida, reservada como una especie de mírada que no llega a aflorar en palabras. Irene habría hablado, pero algo sofoca su voz; se encuentra con Brian que la espera, con Brian que a su vez encuentra a Clare, y con la misma Clare. La gramática de la descripción no establece claramente quién desea a quién: «había irrumpido en la sala donde Brian la
esperaba y se había encontrado con que también CIare estaba allí.»: ¿es Irene quien encuentra a CIare? ¿O Brian? ¿O ambos? Y, ¿qué encuentran en ella, que hace que ya no se encuentren el uno al otro, sino que se reflejen en el deseo que despierta en el otro el hecho de mirar a Clare? Irene ahogará las palabras que podrían expresar su admiración. En realidad, la exclamación queda sofocada, sin aire; la exclamación colma la garganta de Irene y le impide hablar. El narrador/a emerge para pronunciar las palabras que habría dicho Irene: «exquisita, dorada, fragante, arrogante».
El narrador/a puede expresar lo que quedó retenido en la garganta de Irene, lo cual sugiere que el narrador/a de Larsen cumple la función de exponer más de lo que puede arriesgarse a mostrar la misma Larsen. En la mayor parte de los casos en los que Irene no puede expresar sus sentimientos, el narrador/a le provee las palabras. Pero cuando llega el momento de explicar claramente cómo muere Clare, al final de la novela, el narrador/a se muestra tan
incapaz de hablar como la misma Irene. (pag 244)

La cuestión de lo que puede decirse y lo que no puede decirse, lo que puede exponerse públicamente y lo que no se puede exponer, está presente a lo largo de todo el texto y se vincul a con la cuestión más amplia relativa a los peligros que implica la exposición pública, tanto del color como del deseo. Es significativo que lo que Irene admira sea precisamente lo que describe como la arrogancia de Clare, aun cuando Irene sabe que Clare, que se hace pasar por
blanca, no sólo ostenta, sino también oculta que, en realidad, en esa misma arrogancia u ostentación está el fingimiento. Clare reniega de su color yeso hace que Irene ponga cierta distancia, se niegue a responder a la cartas de Clare y trate de apartarla de su vida. Y, aunque Irene expresa una objeción moral a la actitud de Clare de fingirse blanca, está claro que Irene participa de muchas de las convenciones sociales de hacerse pasar por lo que uno no es. (pag 244)

Flotando en el aire, le llegan algunos fragmentos de la conversación en la ronca voz de Clare … «siempre sentí admiración por usted …tanto sobre usted desde hace mucho tiempo … todo el mundo lo dice .
usted es el único … » Y otras frases por el estilo. El hombre, arrobado, estaba pendiente de sus palabras, aunque era el marido de Felise Freeland y autor de novelas que revelaban a un hombre perceptivo y de una ironía devastadora. [Y caía ante semejante parloteo adulador! y todo porque Clare tenía la astucia de dejar deslizar suavemente sus
párpados de marfil sobre esos asombrosos ojos negros para luego abrirlos súbitamente y encender una sonnsa acariciadora.
Aquí, lo que parece erotizar a Clare es la estratagema misma de hacerse pasar por lo que no es, el hecho de cubnr lo asombrosamente negro con marfil, la súbita admisión del secreto, la trans­formación mágica de una sonrisa en una caricia. Lo que constituye el poder de esta seducción es la mutabilidad misma: este sueño de metamorfosis, que significa cierta libertad, la movilidad de clase que pueden permitirse el hombre o la mujer blancos. Esta vez: la
visión de Clare no sólo hace ahogar las palabras de Irene, sino que le provoca una ira tal que la lleva a dejar caer la taza de té para interrumpir la plática. (pag 245)

En la escena anterior, Bellew sube apresuradamente por las escaleras del apartamento de Harlem donde se está desarrollando la reunión y descubre que Clare está alli; el simple hecho de que esté allí basta para convencerlo de que su esposa es negra. En el relato de Larsen, la condición de negra no es primariamente una
marca visual, no sólo porque tanto Irene como Clare tienen la piel clara, Sino porque lo que puede verse, lo que se considera una marcación visible, es una cuestión de poder leer un cuerpo marcado en relación con los cuerpos no marcados, en un ámbito donde los cuerpos no marcados constituyen la moneda corriente de la condición de blanco normativa. Clare puede hacerse pasar por blanca no sólo porque tiene la piel clara, sino porque se niega a introducir
su negritud en la conversación y de ese modo oculta el índice conversacional que se opondría al supuesto hegemónico de que Clare es blanca. La misma Irene aparentemente «se hace pasar» por blanca cuando participa en conversaciones que suponen la condición de blanca como la norma y no hace nada por oponerse a esa suposición. Esta disociación de la negritud que Irene realiza a través del silencio se invierte al final del relato, cuando ambas
mujeres quedan expuestas a la mirada blanca de Bellew en clara asociación con amigos afronorteamericanos. Su color sólo llega a hacerse legible cuando se descubre una asociación que condiciona una denominación. Bellew no puede «ver» a su esposa como negra antes de esa asociación y le reclama a viva voz y con un racismo desenfrenado que se haya asociado con negros. Si se asociaba con él,. CIare no podía ser negra. Pero si se asociaba con negros, ella
misma se hacía negra, considerando que el signo de la negritud se cotrajera, por decirlo de algún modo, por proximidad, que la «raza» misma fuera un contagio que se transmite por la proximidad. (pag 246)

En Passing; las conversaciones constituyen la superficie dolorosa, si no ya represora, de las relaciones sociales. Lo que Clare excluye de la conversación es lo que le permite «hacerse pasar» por blanca; y cuando la conversación de Irene vacila, el narrador/a, al referirse a una súbita grieta en la superficie del lenguaje, la califica de «queer», rara, anómala. Aparentemente, en aquella época, «queer» aún no significaba homosexual, pero abarcaba en cambio una cantidad de significaciones asociadas con la desviación de la normalidad, que bien podían incluir la desviación sexual. Esas significaciones comprendían: de origen oscuro, el estado de sentirse enfermo o sentirse mal, poco franco, oscuro, perverso, excéntrico. En su forma verbal (to queer) tiene toda una historia de significación: mirar con curiosidad o ridiculizar, dejar perplejo, pero también estafar y engañar. En el texto de Larsen, las tías que crían a Clare como si fuera blanca le prohiben mencionar su raza; y se las describe como «queer». Cuando Gertrude, otra mujer negra que finge ser blanca, oye una calumnia racial contra los negros, Larsen escribe: «desde donde estaba Gertrude surgió un extraño [queer] sonido ahogado, como un bufido o una risita sofocada»: algo «anómalo», algo que no convenía a una conversación apropiada, a una prosa aceptable. El anhelo de Brian de viajar al Brasil se describe como «una vieja, ‘rara’ [queer], desgraciada inquietud», con lo cual se sugiere un anhelo por liberarse de las convenciones. (pag 254)

En última instancia, queering es lo que lo que desequilibra y expone lo que se finge; es el acto mediante el cual la Ira, la sexualidad y la insistencia en el color hacen estallar la superficie racial y sexualmente represora de la conversacion» (pag 255)

Irene siente que Clare la mira fijamente y le devuelve abiertamente la mirada, pues advierte que CIare «no mostraba el menor indicio de que ser descubierta realizando su impasible escrutinio le provocara alguna turbación». Irene «sintió que la continua inspección ponía de relieve su color y bajó la mirada. Se preguntó cuál sería la razon que
llamaba la persistente atención de Clare. En su prisa, ¿se había puesto el sombrero al revés en el taxi?». De modo que, desde el comienzo, Irene siente que la mirada de Clare es una especie de inspección una amenaza de exposición, que primero le devuelve con desconfianza y con la misma intención de escrutar, pero, que luego la seduce completamente. «La miró de soslayo. Clare aun la observaba. ¡Qué ojos extrañamente lánguidos tenía!» Irene se resiste a ser observada, pero luego cae bajo el influjo de esa mirada; quiere impedir el reconocimiento, pero al mismo tiempo se rinde al encanto de la sonrisa. (pag 255)

En contra de la idea de que la performatividad es la expresión eficaz de una voluntad humana en el lenguaje, este texto apunta a redefinir la performatividad como una modalidad específica del poder, entendido como discurso. Para poder matenalilzar una serie de efectos, el discurso debe entenderse como un conjunto de cadenas complejas y convergentes cuyos «efectos» son vectores de poder. En este sentido, lo que se constituye en el discurso no es algo fijo, determinado por el discurso, sino que llega a ser la condicíón y la oportunidad de una ación adicional,(pag 267)

Es por ello que interpretar la «performatividad» como una decisión voluntaria y arbitraria implica pasar por alto que la historicidad del discurso y, en particular, la historicidad de las normas (las «cadenas» de iteración invocadas y disimuladas en la enunciación imperativa) constituyen el poder que tiene el discurso de hacer realidad lo que nombra. (pag 268)

La fuerza normativa de la performatividad -su poder de establecer qué ha de considerarse un «ser»- se ejerce no sólo mediante la reiteración, también se aplica mediante la exclusión. Y en el caso de los cuerpos, tales exclusiones amenazan la significación constituyendo sus márgenes abyectos o aquello que está estrictamente
forcluido: lo invivible, lo inenarrable, lo traumático. (pag 268)

Los actos performativos son formas del habla que autorizan: la mayor parte de las expresiones performativas, por ejemplo, son enunciados que, al ser pronunciados, también realizan cierta acción y ejercen un poder vinculante.» Implicadas en una red de autorización y castigo, las expresiones performativas tienden a incluir las sentencias judiciales, los bautismos, las inauguraciones, las declaraciones de propiedad; son oraciones que realizan una acción y ademas le confieren un poder vinculante a la acción realizada. Si el poder que tiene el discurso para producir aquello que nombra está asociado a la cuestión de la performatividad, luego la performatividad es una esfera en la que el poder actúa como discurso. (pag 316)

Sin embargo, e.s significativo que no haya ningún poder, construido como un sujeto, que no actúe repitiendo una frase anterior que no ponga por obra un acto reiterado cuyo poder estriba «en su persistencia y en su inestabilidad. Éste es menos un «acto» singular y deliberado que un nexo de poder y discurso que repite o parodia los gestos discursivos del poder. De ahi que el juez que autoriza e instala la situación que nombra invariablemente cita la ley que aplica y el poder de esta cita es lo que le da a la expresión performatlva una fuerza vinculante o el poder de conferir. Y aunque pueda parecer que el poder vinculante de las palabras del juez deriva de la fuerza de su voluntad o de una autoridad anterior, lo cierto es que se da más bien la situación contraria: precisamente, la figura de la «voluntad» del juez y de la «anterioridad» de la autoridad textual se producen y establecen a traués de la cita.’ En realidad, el acto de habla del juez hace derivar su poder vinculante mediante la invocación de la convención. Ese poder vinculante no debe buscarse ni en la figura del juez ni en su voluntad, sino que estriba en el legado de la cita, por el cual un «acto» contem-
poráneo emerge en el contexto de una cadena de convenciones vinculantes. (pag 317)

Cuando hay un «yo» que pronuncia o habla y, por consiguiente, produce un efecto en el discurso, primero hay un discurso que lo precede y que lo habilita, un discurso que forma en el lenguaje la trayectoria obligada de su voluntad. De modo que no hay ningún «yo» que, situado detrás del discurso, ejecute su volición o voluntad a través del discurso. Por el contrario, el «yo» sólo cobra vida al ser llamado, nombrado, interpelado, para emplear el término althusseriano, y esta constitución discursiva es anterior al «yo»; es la invocación transitiva del «yo». En realidad, sólo puedo decir
«yo» en la medida en que primero alguien se haya dirigido a mi y que esa apelación haya movilizado mi lugar en el habla; paradójicamente, la condición discursiva del reconocimiento social precede y condiciona la formación del sujeto: no es que se le confiera el reconocimiento a un sujeto; el reconocimiento forma a ese sujeto.
Además, la imposibilidad de lograr un reconocimiento pleno, es decir, de llegar a habitar por completo el nombre en virtud del cual se inaugura y moviliza la identidad social de cada uno, implica la inestabilidad y el carácter incompleto de la formación del sujeto. El «yo» es pues una cita del lugar del «yo» en el habla, entendiendo que ese lugar es de algún modo anterior y tiene cierto anonimato en relación con la vida que anima: es la posibilidad históricamente modificable de un nombre que me precede y me excede, pero sin el cual yo no puedo hablar. (pag 317)

 

LA PERFORMATIVIDAD DEL GÉNERO Y EL TRAVESTISMO
¿Cómo se vincula, si es que se vincula de algún modo, la noción de resignificación discursiva con el concepto de parodia o personificación de género? ¿Significa esto que uno se coloca una máscara o un personaje, que existe un «alguien» anterior al momento de colocarse esa máscara que, desde el comienzo, es de un género diferente? ¿O lo que ocurre en cambio es que esta imitación, esta personificación precede y forma a ese «alguien» y funciona como su condición formativa previa antes que como su artificio prescindible’? (pag 324)

De acuerdo con el primer modelo, la construcción del género como travestismo parece ser el efecto de una cantidad de circunstancias. Ya consideré una de ellas al citar el travestismo como un ejemplo de performatividad, un movimiento que, para algunos, es el prototipo de la performatividad. Si bien el travestismo es performativo, ello no significa que toda performatividad deba entenderse como travestismo. La publicación de El género en disputa coincidió con la aparición de una serie de obras que afirmaban que «el vestido hace a la mujer», pero yo nunca pensé que el género fuera como un vestido ni tampoco que el vestido hiciera a la mujer.(pag 324)

Precisamente, la noción de performatividad de género exige que se la reconciba y se la juzgue como una norma que obliga a «apelar a cierta cita» para que sea posible producir un sujeto viable, Y justamente, es necesario explicar la teatralidad del género, en relación con ese carácter obligatorio de la cita. Aquí conviene no confundir teatralidad con autoexhibición o autocreación. (pag 326)

El género ni es una verdad puramente psíquica, concebida como algo «interno» u «oculto», ni puede reducirse a una apariencia de superficie; por el contrario, su carácter fluctuante debe caracterizarse como el juego entre la psique y la apariencia
(entendiendo que en este último dominio se incluye lo que aparece en las palabras l. Además, éste será un juego regulado por imposiciones heterosexistas, aunque, por esa misma razón, no pueda reducirse a ellas. \
En ningún sentido podemos llegar a la conclusión de que la parte del género que se «actúa» es la «verdad» del género; la «actuación» como un «acto» limitado se distingue de la performatividad porque esta última consiste en una reiteración de normas que preceden, obligan y exceden al actor y, en este sentido, no pueden considerarse el resultado de la,»voluntad» o la «elección» del actor; además, lo que se «actúa» sirve para ocultar, si no ya para renegar de aquello que permanece siendo opaco, inconsciente, irrepresenable. Sería un error reducir la performatividad a la manifestación o actuación del género. (pag 329)

Como alegoría cuya fuerza reside en lo hiperbólico, el travestismo pone de relieve lo que, después de todo, sólo está determinado en relación con lo hiperbólico: la cualidad subestimada, sobreentendida, de la performatividad heterosexual. (pag 333)