La Experiencia de Mery Buda

Tatuajes, cómic y Música por María Bustamante Tejeda

Valéry, Paul. Degas danza dibujo

Valéry, P. (1938). Degas danza dibujo

Gustaba de hablar del arte sabio; decía que un cuadro es el resultado de una serie de operaciones… Mientras que a una mirada candorosa le parece que las obras nacen del halagüeño encuentro entre un tema y un talento, un artista de esa categoría tan profunda, más profunda quizá de lo recomendable, retrasa el goce, crea la dificultad, teme los caminos más cortos. (Valéry:1938;10)

Sólo sabía desear la aprobación propia, es decir, contentar al más exigente, al más duro e incorruptible de los jueces. Nadie despreció más fahacientemente que él lo honores, los privilegios, la fortuna y esa gloria que el escritor puede dispensar con tanta facilidad al artista con generosa ligereza. (Valéry:1938;10)

Degas, que para pocas cosas era blando, no era más tolerante con la crítica y con las teorías. Gustaba de decir -y, al final de su vida, con machaconería- que las musas nunca se pelean. Trabajan todo el día, cada cual a lo suyo. Y por las noches, cuando se reúnen, con la tarea cumplifa, bailan, ya no hablan. (Valéry:1938;12)

Me gusta que el mismo hombre pueda llevar a cabo obras diferentes y proponerse dificultades de diversas categorías. A veces, cuando algún problema suponía un reto para lo que de las matemáticas recordaba, Rouart recurría a sus compañeros de tiempos pasados, que no habían dejado, desde la Escuela Politécnica, de dedicarse a su análisis y de ahondar en ellas. Consultaba a Laguerre, eminente geómetra, uno de los fundadores de la teoría de los números complejos e inventor de una singular definición de la distancia. Le sometía alguna ecuación diferencial para integrarla. Pero si se trataba de pintura, hablaba con Degas. Adoraba y admiraba a Degas. (Valéry:1938;14)

Me parece siempre del mayor interés comparar una cosa o a un hombre con la idea que tengo de ellos antes de verlos. Si es una idea concreta y la confrontamos con el objeto en sí, podemos aprender algo.

Comparaciones tales nos proporcionan la posibilidad de calibrar hasta cierto punto nuestra capacidad de imaginar a partir de datos incompletos. Nos recuerdan también cuánta vanidad hay en las biografías en particular y en la historia en general. Cierto es que existe algo aún más instructivo: la pasmosa inexactitud probable de la obsesrvación inmediata, esa falsificación obra de nuestros propios ojos. Observar es, la más de las veces, imaginar lo que esperábamos ver. (Valéry:1938;16)

La historia de las artes y de las letras son tan cándidas como la historia general. Consiste en esa candidez en una extraña falta de curiosidad por parte de los autores. Parecen carecer de la facultad de hacer preguntas, incluso las más sencillas. Se preguntan poco, por ejemplo, por la naturaleza y la importancia de las relaciones que mantienen en tal o cual época lo jóvenes con los viejos. La admiración, la envidia, la incomprensión, los encuentros; los preceptos y los procedimientos transmitidos, desdeñados; los juicios recíprocos; las negaciones que se responden entre sí, los desprecios, las reconsideraciones… Todo ello, que sería uno de los aspectos más vivos de la comedia del intelecto, bien se merecía que no lo silenciaran. (Valéry:1938;18)

La danza es un arte de los movimientos humanos, de aquellos que pueden ser voluntarios.

La mayoría de nuestros movimientos voluntarios tienen por meta una acción externa: de lo que se trata es de alcanzar un lugar, o un objeto, o de modificar alguna percepción o alguna sensación en un punto determinado. (Valéry:1938;20)

Tras llgar a la meta, tras concluir con el asunto, aquel movimiento nuestro, que se hallaba, en cierto modo, inscrito en la relación con nuestro cuerpo y con nuestra interacción, cesa. En su propia determinación estaba su exterminio; era imposible tanto concebirlo cuanto ejecutarlo sin la presencia ni el concurso de la idea de un acontecimiento que constituyera un término. (Valéry:1938;20)

Este tipo de movimiento se lleva siempre a cabo según una ley de economía de fuerzas que en diversas condiciones puede volverse más compleja, pero que forzosamente administra nuestro consumo. Ni tan siquiera podemos suponer alguna acción externa finita sin que determinado mínimo se nos imponga al pensamiento. Si pienso en ir de la plaza de L’Étoile al museo, nunca se me ocurrirá pensar que puedo también llevar a cabo mi propósito pasando por el Pantheón.

Pero existen otros movimientos que ningún objeto localizado pone en marcha ni determina ni puede causar y rematar su evolución. No hay objeto que, al alcanzarlo, traiga consigo la resolución de esas acciones. Sólo concluyen por cierta intervención ajena a su causa, a su figura, a su especie; y en vez de hallarse sometidas a condiciones de economía, parece, antes bien, que su propósito es la mismísima disipación.

Los saltos, por ejemplo, y los brincos de un niño o de un perro, el hecho de andar por andar o de nadar por nadar, son actividades cuya finalidad no es otra que modificar nuestra sensación de energía, crear un determinado estado de esa sensación.

Las acciones de este tipo pueden y deben multplicarse hasta que intervenga alguna circunstancia, muy diferente de una modificación externa, que sea consecuencia suya. Tal circunstancia podrá ser cualquiera, en lo referido a ellas: cansancio, por ejemplo, o convención.

Esos movimientos, cuya finalidad reside en sí mismos y consiste en crear un estado, nacen de la necesidad de realizarse o de una ocasión que los provoca, pero sus impulsos no les asignan dirección alguna en el espacio. Pueden ser desordenados. El animal, cansado de la inmovilidad forzosa, se escapa y se sacude, para huir de una sensación y no de una cosa; si prodiga galopando o conduciéndose de forma excesiva. Un hombre en quien la alegría, la ira, la intranquilidad de ánimo o la repentina efervescencia de las ideas desprende una energía que ninguna acción concreta puede consumir ni agotar en su propia causa, se pone de pie, echa a andar, camina a zancadas presurosas, obedece, en el espacio que recorre sin verlo, al aguijón de esa sobreabundancia de fuerza. (Valéry:1938;21)

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