Granes, Carlos. El puño invisible

Granes, C. (2011). El puño invisible: arte, revolución y un siglo de cambios culturales. Madrid: Taurus: Pensamiento

 

Cuando los padres de los sesenta se levantaron un día y vieron a sus hijos convertidos en seres extraños, con los que de pronto parecían no tener nada en común, se hizo evidente que un puño invisible había echado por tierra ciertos valores y determinados marcos que antes encuadraban y regulaban las vidas de los individuos. Pareció ser tan sólo un bache generacional, la distancia lógica que se abría entre una generación que había vivido dos guerras mundiales y otra que nació en épocas de paz. Pero ¿era sólo eso?
No. Las ideas vanguardistas se habían ido imponiendo, ganando adeptos, transformando escalas de valores e influyendo en las elecciones vitales. Los dadaístas habían identificado el blanco acertado. La cuestión no era transformar las estructuras del Estado; la cuestión era transformar la vida. (pag 14, 15)

Pag 30 Gérmenes de la revolución dadaísta (leer más)

Pag 138 El yonqui el ladrón y el loco (leer más)

Si hubiera que describir la opción política de Burroughs, podría decirse que era un anarquista de derechas que sólo se sentía a gusto donde no hubiera o no se aplicara la ley. México le encantaba. En sus calles y bares podía andar armado y consumir cualquier tipo de droga sin temer la persecución del Estado. Fue allá donde el dinero de su padre compró una vez más su libertad, luego de que una noche, jugando a Guillermo Tell en el Bounty Bar de la Calle Monterrey, matara de un balazo a su esposa Joan. (pag 141)

Kerouac fue uno de los primeros bohemios norteamericanos en sentir fascinación por las culturas marginales y tercermundistas. Allí encontró la autenticidad que se había esfumado entre las miserias de la guerra, el  auge de la burocracia y la naciente espiral consumista. Al hombre blanco le faltaba vitalidad. Estaba cansado, frustrado, golpeado. En 1949 Kerouac se dio cuenta de que su generación hacía honor a esas palabras: era una generación «beat». (pag 142)

El modelo más cercano que tuvieron los jóvenes que quisieron vivir a fondo en una época de conformismo y monotonía fue el negro. Ciudadano de segunda categoría, cautivo en un sistema democrático que no le ofrecía ninguna garantía, el negro había vivido en constante estado de peligro y ansiedad desde el siglo XVI, cuando tocó por primera vez suelo americano. Era precisamente esta situación incierta, de riesgo constante, la que le impedía darse el lujo de inhibir sus instintos primitivos. El negro vivía en estado de guerra, al margen de la civilización, buscando la forma de vivir el día a día. Como decía Kerouac, «el dolor o el amor o el peligro te hacen real de nuevo», y por eso el negro, que sabía mejor que nadie lo que eran estas experiencias, era más «real» que el blanco. Nada lo demostraba mejor que el jazz. La experiencia negra era mucho más intensa y orgásmica que la blanca. el negro era el nuevo maestro que enseñaba la vida auténtica, no desdibujada por la seguridad económica, los empleos mediocres y las casas atestadas de mercancías artificiales y alienantes (pag 143)

Goodman no vio en la generación beat una verdadera fuerza cultural capaz de crear nuevos estilos de vida, debilitar las convenciones sociales, generar cambios en el mercado laboral o crear una comunidad acorde con las necesidades humanas. El síntoma más flagrante de su confusión era la curiosidad que sentían por los  negros y los latinoamericanos. Aquello no tenía ningún sentido, pues tanto los unos como los otros sólo esperaban la oportunidad para abandonar su «pureza» y «espontaneidad» y vivir como los hombres blancos adinerados. Era fácil desear ser negro, puertorriqueño, mexicano o indio sabiendo que nunca lo serían. Dos negros viajando por Estados Unidos en los años cuarenta, buscando aventuras, seduciendo camareras, robando cigarrillos y gasolina, era algo impensable. ¿Cuántos kilómetros hubieran logrado avenzar por la Ruta 66 antes de ser linchados por auténticos y puros hombres blancos suprematistas? (pag 146)

Lo curioso es que mientras el conjunto de la sociedad se hacía beat y buscaba fugarse de las convenciones y vivir con mayor libertad y espontaneidad, Kerouac se cansaba de su rebelión individualista y empezaba a buscar sentido en la espiritualidad. En 1957, cuando finalmente, después de seis años de frustaciones, Viking Press publicó En el camino, lo que más deseaba Kerouac no eran caóticas vivencias euforizantes sino la armonía espiritual. En el camino se convertía en el manifiesto libertario de toda una generación ansiosa de nuevas formas de vivir y, Kerouac lo único que quería era que lo dejaran en paz. Le habían pasado tantas cosas desde que mecangrafió aquel rollo de 1951, que sus intereses y preocupaciones ya no eran los mismos. Estaba descorazonado, y la causa, en gran parte, había sido el rechazo sistemático que había sufrido por parte de las editoriales. Durante ese negro periodo, sacudido por fuertes dudas y asaltado por divagaciones místicas, Kerouac regresó a Lowell y al entrar en una iglesia lo asaltó una visión sorprendente. La Virgen se dio la vuelta y lo bendijo. Aquel episodio lo animó a redefinir el concepto de generación beat. Beat ya no significaba golpeado ni agotado, significaba beatífico. Meses antes, en febrero de 1954, había leído Walden, de Thoreau, y fascinado con el rechazo de la civilización y las referencias orientales que fundaban su pensamiento, empezó a leer libros de budismo zen. (pag 147)

Pag 157 Tercermundismo, ciudad de méxico (leer más)

Pag 300 De las calles a la televisión (leer más)

El rebelde mediático se convertía en un espectro con el cual cada adolescente se podía identificar, sin tener que dar ninguna LUCHA EN LA VIDA REAL más allá de adoptar su atuendo, sus gustos y sus actitudes ufanas y contestatarias (pag 354)

Pag 355 De la revolución al espectáculo (leer más)

Pag 374 De la revolución al separatismo cultural (leer más)

Pag 413 Del individualismo libertario al hedonismo egoísta (leer más)

Una vez que el discurso anárquico de la vanguardia fue asimilado por la sociedad y enaltecido por el mercado, su gesto transgresor se convirtió en una pirueta estereotipada. Sin la vitalidad que proporcionaba luchar contra una sociedad conservadora y tozuda, y sin un horizonte de transformación social, la revuelta se convirtió en una maniobra circense para mantener el mercado del arte al rojo vivo y los precios por las nubes. Ya no había nada que derrotar. La contracultura artística se había convertido en la cultura oficial y con ello la revuelta stineriana perdía su ferocidad y daba un giro sensualista. Ser rebelde era pasarla bien, divertirse, poner el placer por encima del compromiso y la responsabilidad. La sociedad, en mayor o menos grado, desechó los esquemas rígidos de los cincuenta y los sesenta y se volvió permisiva, hedonista, discotequera, cocainómana. Vacunada por la Guerra Fría contra todo lo que sonara a altruismo, sociedad o colectividad, se volco por completo sobre el yo. Ahora no se rechazaba la ley, la sociedad y el Estado en nombre de la libertad absoluta, sino del placer absoluto. (pag 417,418)