La Experiencia de Mery Buda

Tatuajes, cómic y Música por María Bustamante Tejeda

Foucault, Michel. Las palabras y las cosas

Foucault, M. (1968) Las palabras y las cosas: una arqueología de las ciencias humanas. Argentina: Siglo XXI Editores

La designación (pag 109)

Si, en el fondo de sí mismo, el lenguaje tiene por función el nombrar, es decir, el hacer surgir una representación o mostrarla como con el dedo , es una indicación y no es un juicio. Se liga a las cosas por una marca, una nota, una figura asociada, un gesto que designa: nada que sea reductible a una relación de predicación. (Foucault:1968;109)

El volver a sacar a la luz el origen del lenguaje es encontrar el momento primitivo en que era pura designación. Y, por ello, debe explicarse, a la vez, su arbitrariedad (ya que lo que designa puede ser tan diferente de lo que muestra, como un gesto del objeto al que tiende) y su profunda relación con lo que nombra (ya que tal sílaba o tal palabra se han elegido siempre para designar una cosa). (Foucault:1968;109)

El lenguaje de la acción es hablado por el cuerpo; y, sin embargo, no se da desde el principio del juego. Lo único que la naturaleza permite es que, en las diversas situaciones en las que se encuentra, el hombre haga gestos; su rostro es agitado por movimientos, lanza gritos inarticulados… Esta agitación manifiesta tiene, sin embargo, a su favor el ser universal, ya que no depende más allá de la conformación de nuestros órganos. (Foucault:1968;110)

En tanto que es una simple prolongación del cuerpo, la acción no tiene ningún poder de hablar: no es lenguaje. Se convierte en ello, pero sólo al final de operaciones definidas y complejas: anotación de una analogía de relaciones (el grito del otro es con respecto a lo que él experimenta -lo desconocido- lo que el mío con respecto a mi apetito o a mi miedo) (Foucault:1968;110)

Los elementos de los que se compone este lenguaje de la acción (sonidos, gestos, muecas) son propuestos sucesivamente por la naturaleza y, sin embargo, en su mayoría no tienen ninguna identidad de contenido con lo que designan, sino sobre todo relaciones de simultaneidad o de sucesión. El grito no se asemeja al miedo, ni la mano extendida al hambre… no expresan la naturaleza de lo que designan, porque no son a su imagen. (Foucault:1968;111)

La primera forma del acuerdo consiste en elegir los signos sonoros (los más fáciles de reconocer de lejos y los únicos que pueden utilizarse por la noche), la segunda en componer sonidos cercanos a los que indican representaciones vecinas para designar a las representaciones aún no marcadas. Así se constituye el lenguaje propiamente dicho, por una serie de analogías que prolongan lateralmente el lenguaje de la acción o, cuando menos, su parte sonora: se le asemeja y “es esta semejanza la que facilitará su inteligencia. Se le llama analogía… Veréis que la analogía que nos da la ley no nos permite elegir los signos al azar o arbitrariamente”. (Foucault:1968;112)

Allí donde hay algo natural -en los signos que nacen espontáneamente a través de nuestro cuerpo- no hay ninguna semejanza; y allí donde se utilizan las semejanzas, es una vez establecido el acuerdo voluntario entre los hombres. La naturaleza yuxtapone las diferencias y las liga por fuerza; la reflexión descubre las semejanzas, las analiza y las desarrolla. (Foucault:1968;112)

La derivación

Representar gráficamente el sentido de las palabras es, en su origen, dibujar con exactitud la cosa que designa: a decir verdad, apenas es una escritura, cuando más una reproducción pictórica gracias a la cual sólo se pueden transcribir los relatos más concretos… La verdadera escritura comienza cuando se trata de representar no la cosa misma, sino uno de los elementos que la constituyen, una de las circunstancias que la señalan o cualquier otra cosa a la que se asemeje. De allí que haya tres técnicas: las escritura cronológica de los egipcios, la más basta, que utiliza “la circunstancia principal de un tema para dar cuenta de todo” (un arco por una batalla, una escala por el sitio de una ciudad); después los jeroglíficos “trópicos” un poco más perfeccionados, que utilizan una circunstancia notable (dado que Dios es omnipotente, lo sabe todo y puede vigilar a los hombres, se le representará por medio de un ojo); por último, la escritura simbólica que se sirve de semejanzas más o menos escondidas (el sol que se levanta es figurado por la cabeza de un cocodrilo cuyos redondos ojos afloran justo en la superficie del agua). (Foucault:1968;116)

Cuando un pueblo no posee más que una escritura figurada, su política debe excluir la historia o, cuando menos, cualquier historia que no sea pura y simple conservación. Allí, en esa relación del espacio con el lenguaje, se sitúa, según Volney, la diferencia esencial entre Oriente y Occidente. Es como si la disposición espacial del lenguaje prescribiera la ley del tiempo; como si su lenguaje no llegara a los hombresa través de la historia, sino que, a la inversa, no llegaran a la historia más que a través del sistema de sus signos. En este nudo de la representación, de las palabras y del espacio… se forma, sileciosamente, el destino de los pueblos.

En efecto, con la escritura alfabética la historia de los hombres cambia por completo. Transcriben en el espacio ya no sus ideas, sino los sonidos y éstos extraen los elementos counes para formar un pequeño número de signos únicos, cuya combinación permitirá formar todas las sílabas y todas las palabras posibles.  En tanto que la escritura simbólica, al querer espacializar las representaciones mismas, sigue la confusa ley de las similitudes y hace que el lenguaje se deslice fuera de las formas de pensamiento reflexivo, la escritura alfabética, al renunciar a dibujar la representación, traspone en el análisis de los sonidos las reglas válidas para la razón misma. (Foucault:1968;118)

El aprendizaje de este alfabeto resulta muy fácil a causa del pequeño número de sus elementos y así cada uno podrá consagrar a la reflexión y al análisis de las ideas el tiempo que otros pueblos despilfarran en aprender las letras. De este modo, en el interior del lenguaje, más exactamente en este pliegue de las palabras en el que se reúnen el análisis y el espacio, nace la posibilidad primera, aunque indefinida, del progreso. (Foucault:1968;118)

En su raíz, el progreso, tal como fue definido en el siglo xviii, no es un movimiento interior de la historia, sino el resultado de una relación fundamental entre el espacio y el lenguaje: “los signos arbitrarios del lenguaje y de la escritura dan a los hombres el medio de asegurarse la posesión de sus ideas y de comunicarlas a los otros, lo mismo que una herencia siempre en aumento de los descubrimientos de cada siglo: y el género humano considerado según su origen se presenta a los ojos de un filósofo como un todo inmenso que, lo mismo que cada individuo, tiene su infancia y su progreso”. (Foucault:1968;118)

Nombrar es, todo a un tiempo, dar la representación verbal de una representación y colocarla en un cuadro general. (Foucault:1968;122)

Bien entendido, sólo el juicio puede ser verdadero o falso. Pero si todos los nombres fueran exactos, si el análisis en que descansan hubiera sido perfectamente reflexionado, si la lengua estuviera “bien hecha”, no habría ninguna dificultad para pronunciar juicios verdaderos y el error, en el caso de que se produjera, sería tan fácil de descubrir y tan evidente como en un cálculo algebraico. (Foucault:1968;122)

…el nombre aparece a la vez como el punto hacia el cual convergen todas las estructuras de la lengua (es su figura más íntima, la mejor protegida, el puro resultado interior de todas sus convenciones, de todas sus reglas, de toda su historia) y como el punto a partir del cual todo lenguaje puede entrar en relación con la verdad por la que será juzgado. (Foucault:1968;122)

Puede decirse que es el Nombre el que organiza todo el discurso clásico; hablar o escribir no es decir las cosas o expresarse, no es jugar con el lenguaje, es encaminarse hacia el acto soberano de la denominación, ir, a través del lenguaje, justo hasta el lugar en el que las cosas y las palabras se anudan en su esencia común y que permite darles un nombre. Pero este nombre, una vez enunciado, reabsorbe y borra todo el lenguaje que ha conducido hasta él o que se ha atravesado a fin de llegar a él . (Foucault:1968;123)

Las figuras que atraviesan el discurso aseguran el retardo del nombre que viene en el último momento a llenarlas y a abolirlas. El nombre es el término del discurso. (Foucault:1968;123)

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